Qué lejos sigue el mar de nosotros
qué lejos el ser.
Leopoldo María Panero.
tembló el mar como una golondrina cuando por fin comprendimos que no podíamos hacer otra cosa sino vivir
Ana María Moix.
nevó en el mar. y por fin caminé sobre el inmenso hielo hacia la blanca lejanía. una cruz señalaba el lugar en el mapa. crucé el oceáno y ya iba a alcanzar el sol cuando grité de pena y con las uñas abrí hendiduras en la helada capa para ver el mar.
Ana María Moix.
y los hombres morían escuchando la lejana música del mar, sin haber revelado el misterio -que es la perplejidad de existir sin finalidad alguna-, sin haber comprendido que no se trata de apagar el misterio sino de avivarlo, soplando las brasas. y qué lejos, esa estrella igual murió ya, a pesar del empeño de habitar en la luz que no hace daño. tantas noches merodeando alrededor de algo que se escapa, tantas ruinas hermosas atrapando las miradas en sus redes, y las palabras: misteriosas, dementes, desquiciadas, urgentes.
me desperté con la idea de que la espuma del mar es la poesía, el canto del agua y del viento. dejad hablar al viento, ese es el paraíso, decía Pound. y yo flotaba boca arriba y era una noche de verano y estaba solo en la inmensidad del mar; y en esa música frágil, que apenas rompe el silencio al chocar suavemente contra las rocas, temblaba el ser como una niña asustada. en la hora azul, el mundo se deshacía entre mis dedos. caía una sonrisa en el agua, todos los barcos habían partido ya, hacía tanta soledad, cuando el viento nos secuestró y nos llevó tan lejos. sin decir nada contemplábamos el misterio, éramos felices porque en el mar futuro era una palabra que carecía de sentido, y el deseo y la realidad nadaban de la mano hacia ninguna orilla, para siempre iluminados por la lámpara fantasmal.
y clavé mis uñas en la nostalgia para que los fantasmas del pasado, de lo que pudo haber sido, bailaran en mis párpados y me dieran las buenas noches. abrí la ventana. el mar seguía estando tan lejos. el ser se parecía tanto a un barco destartalado, azotado por la tormenta. entonces prendí el último cigarrillo, que me provocó una pequeña arcada, y aspiré el frescor nocturno. a lo lejos se insinuaba un deso confuso que hería el ser, y al lado un mar tan sereno que parecía capaz de abolir el miedo.
Posted by SeñorS at Julio 30, 2005 09:29 PM