la que se quiebra
de tanto deseo de lo que no existe.
Ana Wajszczuk, La petit fille litteraire.
la princesa triste cae,
y es hermosa su caída
como robar en la ciudad prohibida,
de la que no existen mapas y tal vez
ni siquiera la ciudad exista, como
adentrase en sus laberintos sin lámparas,
a oscuras y temblando.
la princesa cae desde lo alto de la torre
-y en sus ojos suena la hora azul-
flor marchita, caída en la acera,
su vestido de estrellas rotas se hunde
en un charco,
y su cabeza mareada de tanto alcohol
mira los rostros que parecen fantasmas
desvaídos, gente
que no existe,
-todo parece falso, irreal-
o tal vez la vida es una película proyectada
que nadie más ve, cuadros extraños
que su mente dibuja
y piensa en el fantasma, el ghost
que le susurra, a ella, máquina deseante
y errante, perdida,
herida bajo la luna
suspendida en el aire, ajena a todo, fría y lejana,
parece una barca entre aguas negras
a punto de ser deborada por cocodrilos
de uñas largas y amenazantes,
y princesa grita, asustada, mientras
se levanta del charco, tengo una moneda
para pagar al barquero cuando esté muerta, por favor,
no quiero visitar a Hades
y se ríen de ella los que la observan a la salida del bar
y es triste, en cierto modo.
princesa se enfada y agarra un botella vacía
y se la lanza a la cara y corre
calle abajo -frágil relámpago desbocado-
vidrios rotos, esparcidos por el suelo,
princesa cae desde la torre más alta,
en el silencio atronador de sus ojos mudos
canta la canción azul
que suena a trenes despidiéndose,
la canción de la lluvia invisible
que suena muy bajito y a oscuras.
la princesa triste desaría un camuflaje termo-óptico
para ocultarse de las miradas morbosas
que disfrutan del espectáculo de su triste decadencia,
y descargar su memoria para que la devoren los pájaros
que tienen dientes y ladran, ser moridada por el olvido
que se le escapa del fondo de los vasos vacíos,
y gritar hasta hallar una línea de fuga del espíritu.