Julio 22, 2005

ver palabras

yo veo la palabra desesperación y la asocio con un estudiante ruso sin dinero en una pensión de mala muerte que recorre las calles de una ciudad inhóspita en la que todo el rato llueve y las nubes son la imagen perfecta de que algo está a punto de pasar, una sensación de inminencia en la que se entremezclan placer y terror, y el estudiante pasea con las manos en los bolsillos y bebe vino del malo y se inventa dramas para no ceder a la maldita y tediosa normalidad; veo la palabra noche y la asocio a unos ojos tristes observando desde el otro lado de las cosas, una mirada perdida al otro lado del espejo que vaga sin rumbo, desgarradoramente comprensiva, sonrisa triste, tristeza erótica; veo la palabra silencio y la asocio inmediatamente a una supericie inmensa y desierta de nieve, una nieve blanquísima, abrumadora, en la que parece que el tiempo no transcurre; veo las palabras entrelazadas por imágenes que componen un pequeño y complejo mundo aislado de la realidad, un mundo en miniatura como una casita de mentira, de juguete, una casita frágil pero hermosa, una guarida para un fantasma, para que el fantasma cante su canción idiota una y otra vez, decorada con marionetas que desde el tejado esperan a que llegue la noche, ebrias de una melancolía de ginebra azul, felices de estar tristes, y con precipicios en los que rugen tormentas furiosas, vientos con manos de hielo que congelan las gotas de ansiedad y sudor de la frente, un mar de una serenidad perfecta y, por lo tanto, irreal, un oceáno mar inventado por Alessandro Baricco, un pequeño mundo en el que un insomne que fuma un cigarrillo en la ventana abierta al silencio de la noche, -silencio cuya imagen no es la de la nieve sino la del espacio infinito, esa necesidad faústica de seguir imaginando espacio más allá de lo que nos permite el límite impuesto por la luz, y que por eso podemos llamar la transparencia oscura de la noche- espera, un pequeño mundo en el que también hay hojas frágiles, zarandeadas por el viento, por el azar, hojas que mueren jóvenes, con el destino roto, único destino que se realiza completamente porque si no el tiempo lo corrompe, lo vulgariza, es inevitable... tal vez por eso hay tanto tarado adolescente por ahí idolatrando músicos suicidas, lo cual puede que no sea bueno, es más, inclusive puede ser peligroso... sin embargo los criterios estéticos, para mí, prevalecen siempre sobre los morales, quiero decir que si una novela está bien escrita, que haya violencia y drogas y sexo y perversiones y nihilismo no es un criterio válido para juzgar su valor, si está bien escrita, digo, hay algo que te sacude, y esa sacudida, que no acertamos a descifrar, sólo pueden lograrla algunos, los letraheridos temerarios

al final queda una calle vacía, y llueve y hace frío y un chino negro toca el saxofón amparándose del chaparrón bajo un puente viejo por el que apenas pasan coches como lentos y raros barcos perdidos en la niebla, que se alejan entre la música monótona de la lluvia, despidiéndose de alguien -pañuelos en el viento, una estación abandonada, viajeros perpetuos.

Posted by SeñorS at Julio 22, 2005 07:19 PM