Más que el verbo caminar, en la escenografía de mi vida, es el verbo descarrilar el verdaderamente significativo, aunque por supuesto es imposible saber qué significa. Tal vez pretende borrar el futuro con la goma del lápiz o caerse, borracho, por un barranco, en un desierto. O puede que dormir entre la hierba, mientras el sol cae y el mundo descansa de su terrible carga, la carga de ser cierto y afilado y estar todo el rato ahí para nada, con la cara pintada de una interrogación irritante, con una cara bastante estúpida que apetece golpear cuando uno se enfada y prefiere lanzar puñetazos al aire. Claro que lanzar puñetazos al aire y lanzar palabras a la nada es casi lo mismo, palabras como peces muertos que el lector resucita, aunque a veces las resucita sólo a medias y otras veces las super-resucita. Pero estábamos con los verbos. Los hay que dan vértigo y los hay que se hicieron para que nos acompañaran por los senderos desolados, las noches oscuras, mientras pisamos huevos de cristal que se rompen con un sonido hermoso, lejano, que se hunde, se extingue como una respiración, verbos que ayudan a caminar. Saltas del verbo caminar al verbo descarrilar y te asustas, porque es como si alguien hubiera apagado la bombilla que nos protegía del desconcierto. ¿y qué se supone que hay que hacer en un sótano a oscuras, cuás es la salida de un sótano, a oscuras? Hay que gritar o inventarse unas alas, o configurar un mundo de cristal, tejido con palabras, con susurros nocturnos y muñecas frágiles que acaban por romperse en la escena final. Claro que uno mantiene siempre la posibilidad de regresar al verbo más seguro, al verbo caminar, y caminar un rato y encender la bombilla y decirse que, despúes de todo, hay un esperanza dibujada en el aire, una esperanza dibujada con trazos muy confusos, como si el dibujante se hubiera golpeado la cabeza y no entendiera muy bien los significados de las palabras, y menos aún el significado de la palabra esperanza que, no obstante, tiene algo que ver con eso que nos hace caminar, aunque por supuesto es imposible saber hacia dónde.
Por supuesto, la noche sabe más del verbo volar que de todos los otros, aunque no se trata de volar en el sentido de volar, sino en otro diferente que se esconde en el poema, y que por eso se encadena con toda naturalidad con el verbo hechizar. Así, la noche es ese vuelo hechizante que nos arrebata, nos deja vacíos, sin rostro y felices, enfrentados a la ventana, a los deseos irrealizables que se agitan como pájaros nerviosos en el pecho. Evidentemente los pájaros buscan el oro que no existe. Sus alas tal vez sean la esperanza confusa de la que hablábamos más arriba, la del pintor que se golpeó la cabeza, pero no está muy claro, nada está claro bajo el reinado de la confusión. Los pájaros buscan el oro antes de asistir al entierro de la esperanza. Todos somos pájaros locos. La confusión es el rey. Yo hablo haciendo equilibrio sobre un tejado antes de que el verbo descarrilar me espachurre contra el suelo. Marionetas locas, hay muchas por aquí y hablan todas a la vez. No se entiende nada. Confusión. Todos somos marionetas locas.
Un verbo al que no hemos visto nunca por aquí es el verbo comprender, y eso que lo hemos usado como coraza para salir al mundo, pero debe ser un verbo invisible o uno de esos que no existen o uno de esos en los que nadie se pone de acuerdo acerca de su significado. Significados tampoco hemos visto muchos por aquí. Tal vez porque aquí hay una especie de niebla que borra el contorno de las cosas. Es raro que alguien vea bien desde aquí. La mayoría prefieren imaginar las cosas a desgastarse inútilmente la vista. No se ve nada. Vivimos dentro de una nube o dentro de un tazón de leche, pero hemos pintado un mar. Nos ha quedado bastante bien. El dibujante que se golpeó la cabeza nos ayudó a dibujar las espuma y quedó muy bien, muy confusa, como todo lo que él dibuja. De todas formas es probable que pronto nos mudemos.
Y aquí aparece con el protagonismo que se merece el verbo huir, que no sabemos clasificar bien, no sabemos si es de los que dan vértigo o de los que ayudan a caminar por los senderos desolados, o tal vez es un verbo que se metamorfosea constantemente, un verbo que podemos calificar de acuático, dada su manía de fluir y la dificultad de agarrarlo. Es un verbo que nos tienta con enigmáticos cánticos. El dibujante de la confusión me lo dijo el otro día, que creía haberlo oído ululando en la noche y que lo dibujaría como una mano tendida, una mano un poco diabólica y un poco angelical. Le sugerí que dibujara una carretera, pero me dijo que si me había golpeado la cabeza al caerme, borracho, por las escaleras de un bar, que para carreteras estaba él, que dibujar una carretera sería engañar al espectador, por cuanto sugiere que hay algún sitio al que huir, y que eso era ridículo y que, además, de ninguna manera captaba los matices del verbo huir. Claro que la mano tendida tampoco los captaba bien, es más, nos los capta de ninguna manera, así que decidió dibujar el viento, sólo que dibujar el viento era casi imposible, tan difícil como escribir la vida. Pero se puede dibujar algo que lo sugiera, igual que se puede escribir algo que sugiera los significados ocultos de la vida, le dije, pero él se quedó pensativo y con una cara que sugería un cabreo inmenso contra nada en concreto. Puede ser, dijo, pero no está nada claro. Nada está claro desde que habitamos el reino de la confusión, donde los significados se escurren. Eso es, sí, los significados huyen, dijo, con un ataque de alegría repentina, saltando y agitando los brazos como si quisiera remover el viento, un ataque de alegría producto sin duda de haber usado el verbo comprender, aunque luego se quedó triste, se sentó en el suelo, sujetándose la cabeza con las manos y los codos apoyados en las rodillas. El significado de comprender ha vuelto a huir, dijo. Parecía que entrábamos en montones de circulos viciosos y que este relato se nos enredaba en el cerebro. Hay que buscar una salida. ¿Cómo se sabe cuando se termina, quiero decir, cuándo hay que dejar de lanzar palabras al viento o a la nada? Imposible saberlo con certeza, dijo el dibujante, hay que parar cuando ya no se puede más, cuando uno se siente tan cansado que el mero acto físico de cambiar una coma resulta impensable, cuando uno está ya asqueado de lo escrito y tiene que escupirlo como sea. Algo así dijo Cioran, le dije. Sí, algo así, pero tú eres un vago de mierda y terminas cuando te da la gana. Pero no existe terminación posible, le dije, aún no he dicho nada de mi teoría sobre las palabras mágicas que sirven para conjurar, ni de esa otra sobre voces antiguas que laten a ritmos extraños, revelándo un mundo preconceptual de significados, mundo-oro que el poeta-pájaro busca todas las noches frente a la ventana abierta, para salir de la jaula.
Esto es un baile de signos absolutamente delirante, el texto ebrio intentando salirse de sí mismo, danza erótica con los espíritus del éxtasis musical, el texto deviene pájaro y busca, y vuela feroz por el laberinto de sentidos que teje a medida que avanza. Ah, qué dulce delirio. Escribir, escribir, escribir, el último verbo, y el primero, el verbo, verbo intransitivo, el pájaro y la jaula.