me desperté llamando a un sueño que huía.
me desperté en un desierto de hombres huecos implorando no sé qué que me sacara de aquí.
me desperté cansado de conversar con sombras enredadas en mi pelo
y un coche sin gasolina me aguardaba en la ventana
para filmar una road-movie en la que el protagonista es abatido a tiros justo antes de la palabra fin.
me desperté con la idea de convertirme en un lagarto metida en la cabeza. yo era un lagarto tumbado en el tejado, tomando el sol frío de invierno. fumaba, miraba a lo lejos, el tiempo pasaba, nada más.
me desperté con la idea de transfigurarme en barco metida en la cabeza. pero el puerto está vacío y ahora no estoy seguro de que existan barcos.
no sé cómo fue que empecé a ver con la mayor naturalidad retratos colgados con clavos en el aire. luego me acostumbré, me perdí, me entretuve para siempre en esta soledad fantasmal.
me desperté, les dije adiós a las estrellas con la mano y estuve un rato pensando que existir es una certeza inverosímil antes de tomarme un café, como buen adicto a la cafeína.
no sé cómo fue que empecé a imaginar que más allá de la noche hay algo, que cuando el sol cae, con esa orgía de naranjas silenciosas, se lleva algún secreto, oculto tras una sonrisa sin gato.
historia de un señor que perdía cosas:
puedes entrar en un baño, borracho, mirarte en el espejo, configurar tu rostro, y a la salida perderlo igual que pierdes un mechero, un jersey o un saco de dormir. me desperté: el espejo engullía mi rostro