Este texto se encuadra dentro del movimiento romántico alemán, caracterizado fundamentalmente por la búsqueda de infinito, por un ansia de plenitud, de superar los estrechos límites de lo posible, de la razón analítica, que separa y compartimenta los disntintos modos de conocimiento sin relacionarlos; nos desúne de un vínculo originario con la naturaleza, a la que llegamos a sentir como algo extraño, diferente a nosotros. “la naturaleza se cruza de brazos, y yo me encuentro ante ella como un extraño, y no la comprendo”. “¿Por qué estamos excluidos nosotros del hermoso ciclo de la naturaleza?¿O es válido también para nosotros?”, se pregunta Hörderlin. Los románticos reaccionan contra este concepto de razón (por lo que son llamados irracionalistas, cuando se trata de ampliar sus límites) que se percibe como opresora, al reducir el hombre a homo sapiens, olvidando que el hombre es también homo demens, es decir, que además de razonar, el hombre es también el animal que desea, sueña, goza, sufre, etc. Así, dice Hörderlin que “el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.” Del mismo modo parece pensar Mallarmé cuando dice que “definir es matar, sugerir es crear” Reaccionan contra un modo de concebir el yo reduccionista y se interesan por descubrir sus profundidaes, sus abismos, aunque esto les lleve a vivir con un sentimiento trágico, de insatisfacción, de búsqueda perpetua. En esta tensión irrealizable se piensa al hombre: “piénsate como un ser finito creado para el infinito y entonces pensarás al hombre” (Schegel). El ser del hombre se concibe como algo inacabado, un deseo de totalidad, de fundirse con la naturaleza.
“la plenitud del mundo infinitamente vivo nutre y sacia con embriaguez mi indigente ser”
Frente a la concepción mecanicista de la naturaleza, Hörderlin concibe la naturaleza como un organismo y como la divinidad misma. No hay dualidad entre el hombre y la naturaleza. En la línea de Heidegger, podría decirse que el “ser en el mundo” es una estructura del “ser ahí”. Este “ser en el mundo” es un fenómeno dotado de unidad. “Ser uno con todo lo viviente, volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza, ésta es la cima de los pensamientos y alegrías” Esta unidad es algo que se intuye, se siente, no se deduce a partir de razonamientos. De hecho, dice Hörderlin que basta un momento de reflexión para, digamos, romper la magia, el encantamiento de ese instante en el que se ha percibido la unidad fundamental del mundo, para sentirnos acosados por nuestra condición de mortales, de seres finitos, para ver como nuestra razón nos distancia de la naturaleza y nuestro entusiasmo se apaga. “He sido expulsado del jardín de la naturaleza”, lo cual también puede interpretarse como una expulsión del paraíso de la infancia y nostalgia de la misma. Al sentido de unidad con la naturaleza le es inherente, pues, la conciencia de una angustia existencial y la añoranza del estado paradisiaco del pasado inocente de la infancia.
“Sí, el niño es un ser divino hasta que no se disfraza con los colores de camaleón del adulto”
Hay una concepción de la infancia como la patria del poeta, de los recuerdos del “pasado inocente” como refugio, ya que parece regodearse en su nostalgia. De esta época no tenemos nociones, sólo recuerdos, y estos recuerdos están idealizados: memoria poética, fragmentaria: “yo ando por el pasado como un espigador por entre los rastrojos cuando el amo del campo ya ha cosechado: recogiendo cada brizna de paja”
El niño representa la libertad, porque no sabe nada del Destino (por eso es totalmente lo que es, en lugar de ser proyecto de algo; no tiene que decidir qué quiere ser) y es inmortal porque no sabe nada de la muerte (en sentido análogo dice Borges que los animales son inmortales al no tener conciencia de la muerte) Esta concepción del niño como el ser libre que vive en el presente, divino, al que el mundo de los adultos despoja de su creatividad, es una constante en la literatura. Por ejemplo Rainer M. Rilke dice: “la vida, no intentes comprenderla,/que, desde hoy, para ti como una fiesta./ Los días, acéptalos/ como un niño recibe del viento,/mientras camina, una cascada de flores.//En ningún momento pensaría en recoger/y guardar esa cascada.