Hay que decir que en esta escena el invierno transforma las calles, que la niebla envuelve a la ciudad y que hay una estética del frío acariciando los tejados. Pero es la mirada la que crea. La incansable mirada que convierte la ciudad en un paisaje interior que no se rige por lógica causal alguna, sino por la maravillosa irracionalidad de los delirios, de las sensaciones: imprevisibles, irresponsables. El vagabundeo solitario azaroso por calles desconocidas, frías, empapadas de niebla, de niebla muda, niebla de ojos gigantes, es un recorrido por una belleza que asusta, belleza convulsa de la mirada errante, es un recorrido interior y exterior simultáneamente, y se produce un estado anómalo de conciencia sin necesidad de droga alguna. La excitación cerebral se produce de improviso, sin más, y es una excitación serena, extrañamente somnolienta. Pequeño milagro silencioso. Hemos conquistado el presente, como el niño que juega. Instante fugaz. Por las calles pequeños cuerpos que expulsan vahos por la boca, por la nariz, como nubes fantasmales que desaparecen en el acto. Barcos a la deriva. Tiempo detenido. Naufragio encantado. Manos frías. La ciudad otoñoinvernal, los árboles desnudos, desamparados, cuyas ramas besan incansablemente la niebla, suspendida como champú en la piel de los edificios grises.
Posted by SeñorS at Noviembre 19, 2004 06:20 PM