Octubre 22, 2004

Relato de un día de lluvia sin ir clase

Me levanté a las ocho de la mañana: hora infernal, intolerable. Desayuné como pude y me fui a clase, fastidiado porque estaba lloviendo. En clase me aburrí enseguida y volví al piso. Me hice un peta pequeñito y le di una primera calada, con ganas. Me volví a meter en la cama: un poco de hastío existencial. Nada que no solucione un buen peta. Pero no os vayais a creer que huyo de la realidad. Bueno, tal vez un poco sí que huyo, no sé. El caso es que llovía mucho. Me puse a escuchar algo de música y a leer algo, sin prestarle mucha atención. El idioma de la lluvia, envolvente, siempre me atrapaba. Estuve muy quieto y muy en silencio, fumando despacio, entretenido en observar los dibujos del humo por la habitación. Un murmullo, una especie de frescor verde, erizaba mi piel. Estaba a gusto, medio dormido, imaginando cosas. De repente se abría la ventana y entraba una chica vestida de sábanas blancas. Se metía en la cama. Se dormía. Yo la observaba, vigilaba su sueño. Era hermoso. Yo no estaba hecho para enfrentarme al mundo real, pero me daba igual. Pensé fabricar un relato mínimo, sin grandes acontecimientos, en el que resguardarme de miradas ajenas y mirar, sin más, sin ser visto; escuchar los idiomas sin palabras del viento y la lluvia, su danza en un escenario de niebla. Envolverlo todo de un lirismo frágil: una chica entra en mi cuarto y se duerme y ya está, eso es todo. Eso no es, sin embargo, lo importante. Lo importante es experimentar esa sensación y esas imágenes que la rodean. Nada más. En realidad esto no es un relato: es una chica con ojos de lluvia que entra en mi cuarto y se duerme. Mientras me decía esto expulsaba el humo, dulce, contra las paredes, que se adelgazaban a cada nueva calada: el mundo se diluía, lejano; se deslizaba: era como sentir la respiración de la chica que ha entrado por la ventana en la nuca. Ya el tiempo no importaba: todo fluía como debía fluir, mágicamente. Aquí no hay rutinas, no hay hora de comer, ni de irse a dormir. La vida... qué coño era la vida. Nunca supe qué hay que hacer para vivir. Algunos instantes de exaltación, y luego... no sé. La chica entra por la ventana. Las sábanas blancas se deslizan y su piel desnuda juega con el viento: he abierto la ventana, claridad gris reverbera en sus senos inocentes, infantiles. Eso es todo. El viento, sorteando la lluvia, me toca la cara con sus dedos. Nada más. El cielo, gris, como un gigante triste, parece que espera algo. Todo el mundo espera algo, sin saber muy bien qué. Las gotas de la lluvia, como cuerpos diminutos huyendo del cielo, con alas frágiles, se estrellan en mi cara. Ninguno sabe qué es la vida, en realidad. Esto, definitivamente, no es un relato: sensaciones inefables, sombras intuidas en el reverso de una realidad que no nos gusta aceptar así porque sí. Y no hablo de rebeldía política o social, sino de rebeldía metafísica, absurda y maravillosa. Toda la mañana la chica estuvo entrando en mi cuarto, con rostros diferentes, con el pelo empapado y los párpados ocultando fantasías delirantes: el misterio vive siempre al otro lado. Me estaba mareando un poco, así que apagué el peta. Pensé que la vida siempre interrumpe. Interrupciones prosaicas de la vida, creo que dijo la Pizarnik en sus diarios. Tenía que hacer la comida y, antes, fregar los platos: ya no nos quedaba ninguno limpio.

Posted by SeñorS at Octubre 22, 2004 06:47 PM