saboreando los vientos, que no tienen raíces.
Sylvia Plath, Árboles en invierno
paseo mis ojos por la ventana. la ventana es una ventana, pero siempre fue, además, un símbolo. no se sabe muy bien de qué. tampoco importa demasiado. una ventana es un mundo. fiel a mi vocación de interrogar a la serpiente que se oculta tras el cisne (el reverso oscuro de la existencia, lo terrible que anida en la belleza, el misterio tras la máscara), de mirar y mirar para poetizar, le pregunto a los árboles que llaman a la ventana, mientras escribo, si este viento triste de otoño viene envenenado de cuchillos; o es tan sólo una serenidad lánguida, parecida a un lago muy quieto, que ha logrado detener el tiempo. los árboles de invierno saborean los vientos.
camino descalzo, mis manos frías. un frío que siempre estuvo ahí, envolviendo las calles. si es cierto que la melancolía es un deseo excesivo, un deseo del deseo, entonces el otoño es un espejo de la melancolía y Alejandra Pizarnik tiene razón al decir que por un instante -sea por una música salvaje, o alguna droga, o el acto sexual en su máxima violencia-, el ritmo lentísimo del melancólico no sólo llega a acordarse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa; y el yo vibra animado por energías delirantes.
las energías delirantes a veces duermen apagadas, esperan en silencio a ser despertadas y quemar las entrañas. el yo es atravesado por un rayo que lo sintoniza con el universo. (¿soy yo o esta última frase ha sonado a Paulo Cohelo? si es así decidmelo que la borro ipso facto)
Posted by SeñorS at Octubre 15, 2004 07:45 PM