a veces creo que sueño que existo.
con los ojos cerrándose
y la fiebre ascendiendo lentamente,
vi voces de colores imposibles
que me llamaban dulcemente
como una hoguera silenciosa
donde arde este poema que delira
por la fiebre del escritor ausente.
vi las yemas de tus dedos
acariciar como a una nube mis párpados.
creo que existo, pero no estoy seguro.
o existo sólo a veces y otras no.
vi el tacto de la almohada sobre mi mejilla
como otra mejilla caliente.
(tengo fiebre, me duelen las muelas).
a veces creo que sueño que existo,
que escribo y que respiro,
pero no estoy seguro, no lo sé.
vi el televisor retumbar en mis ojos
enrojecidos de fiebre, con un picor molesto.
(tengo frío. voy por una manta).
el cigarrillo me rasca la garganta. voy a apagarlo.
también voy a apagar este poema absurdo.
la chica más delgada que el aire, blanca
como el pañuelo de despedida,
con sus ojos dos hogueras de hielo en la noche sin mar.
la chica triste, su historia: murió lejos del mar.
el alba trajo vacío y nada a su garganta de náufraga.
murió con el sol en la playa sin mar la chica
de los dedos de lluvia, de las manos de nieve.
la chica susurro nocturno y su hoguera de nieve.
murió lejos del mar una mañana de sol como un pañuelo
blanco como la nieve
abandonado al viento de invierno
desde la ventana de algún tren que huye.
yo lloré lágrimas que formaron mares
donde sirenas morían sobre la arena
por no escuchar el batir de las olas.
al lado mío se dibujaba la perfecta tristeza, en unos ojos.
y desde aquí no se ven barcos que partan.
el pájaro vuela con alas rotas y yo también.
un cobijo a salvo de las miradas
un cigarrillo arrugado
guardado por el que espera que
quizá algún día quién sabe...
muchas veces el pecho intenta parecerse
a un tejado gris, sin pájaros, mojado
y la oscuridad asusta
y la nieve no se evapora de los ojos
muchas veces el techo se cae porque sí
en un mundo vacío, sin nadie, lluvioso.