vi la fantasía enfrente de mí, sus ojos desbocados desbordando mi ser, mi limitado ser hecho pedazos, expandido de repente más allá, viajando entre nubes y buceando crepúsculos. pero yo permanecía inmóvil, los ojos pegados al cristal acariciado por la lluvia, fumando lentamente, aplastando colillas con mis dedos amarillos de otoño, escuchando el ritmo hipnótico, la danza de la lluvia y los tejados.
por aquella época la muerte y yo manteníamos una relación casi obscena. ella era mi amante, y yo pensaba en ella para no aburrirme, y me dije que ella estaría siempre ahí como posibilidad, porque el mundo podía ser tedioso e insoportable. la muerte y la libertad -yo era por aquel entonces un joven melancólico fascinado por el romanticismo más salvaje- no eran distantes, sino dos puertas contiguas, y era preciso cruzarlas, no sé para qué, pero era preciso cruzarlas. yo era un melancólico empedernido, es decir, un tipo con unas ansias furiosas por vivir que desprecia la vida, una vida empañada de recuerdos y resplandeciente de futuros imposibles.
mi semblante es siempre taciturno, mi indiferencia un poco brusca y mi soledad un deseo, territorio mágico donde me invento, recogiendo los pedazos de mi ser, y por eso vivo en una isla que no existe, habito fantasmas que susurran en el silencio nocturno.
P.D: Flaubert, probablemente, era un melancólico empedernido, tanto como Madame bovary.
Posted by SeñorS at Septiembre 19, 2004 08:28 PM