-S, ¿qué opinas de que el 36% de los españoles consuman cannabis?
-¿solo? vaya, eso explica que haya tanto subnormal violento por ahí suelto.
-¿quieres decir que el 64% de no fumadores de cannabis son violentos?
-no, no, yo no he dicho eso, es que quería rimar violento con suelto
-¿inspiración canábica?
-por desgracia no
esta noche me llamo a casa el presidente del gobierno, josé maría aznar, bu bu buu, a mí los políticos no me gustan nada ninguno, y me dijo, andrés ¿legalizamos' y yo le dije pepe, NADA DEBERÍA ESTAR PROHIBIDO.
Andrés Calamaro
no sé si es cierto, pero creo que oí por la tele una aterradora noticia: que la policía había incautado 25 toneladas de hachís. el miedo me paralizó. oh, dios mío, no puede ser cierto. la noticia me acongojó. ¿y si no llega nada de hachís al norte?¿todo el curso que viene sin fumar un triste porrito? tranquilo, me dije, si han pillado esa cantidad, es que está entrando mucha más. respiré, aliviado. ojalá tuviera, aunque fuera nada más una chinita, para liar un porrito.
voy a salir a caminar solito
sentarme en un parque a fumar un porrito.
Andrés, otra vez
y ahora un texto de fernando savater, tipo nada sospechoso de ser un fundamentalista del tedio, esa peligrosa especie que pulula por ahí (también por la red, yo los he visto) y cuya superioridad moral al parecer les autoriza a decirnos qué está bien, qué está mal, cómo debemos comportarnos, etc. es un poco largo, pero merece la pena:
Los problemas causados por las drogas son de índole moral (es decir, referidos a la libertad de los individuos) y de índole social (estragos y delito múltiples). Mi teoría es que el Estado, tratando de resolver por la vía coactiva los primeros, ha originado y sigue fomentando los segundos. Las funciones de un Estado no totalitario en la era moderna son lo que llamaba Nietzsche la triple protección: contra los peligros del exterior, contra los peligros del interior (comprendidos la capacidad injusta de unos socios contra otros y el infortunio natural) y la protección contra los protectores mismos. Pero proteger al individuo contra sí mismo cuando éste no lo solicita es un abuso tiránico. El derecho a hacer uno con su vida lo que quiera, incluido arriesgarla, disiparla o perderla, es una condición básica de la libertad democrática: el Estado no puede prohibirme que me autodestruya porque no es mi dueño. Los representantes del Estado clínico en que vivimos no pueden admitir algo tan sencillo como que mi salud es ante todo un asunto mío, que sólo alcanzará dimensión pública en lo referente a las agresiones o amenazas que deseo explícitamente evitar o que yo puedo suponer voluntaria o involuntariamente para otros. Es justo que el Estado me mantenga informado de los peligros que corro si me comporto de tal o cual forma y que vigile que no se me dé gato por liebre (estricnina por heroína, metílico por whisky o matarratas en lugar de aceite): lo demás corresponde a mi elección, ni más ni menos libre (aunque inevitablemente mediatizada) que tantas otras que debo tomar en mi vida. Por supuesto, también es justo que haya instituciones públicas que me presten ayuda cuando yo quiera solicitarla porque me encuentre mal con lo que mi libertad ha hecho de mí: tal es la utilidad de las clínicas de desintoxicación y del divorcio, entre otros ejemplos posibles. Vaya esto en cuanto a la falacia de los principios.
Por lo que respecta a la cuestión práctica de cómo resolver todos los crímenes, delitos menores y accidentes fatales producidos por la prohibición actual, es evidente que no será cosa de un día ni de una semana. Resulta obvio que levantar tímidamente la prohibición en un sitio y mantenerla en el resto del mundo no es solución adecuada: pero comenzaría a serlo si la medida se tomara en una docena de países avanzados. ¿Que es una cosa difícil? ¿Que se trata de una utopía? No parece más difícil ni más utópico que seguir manteniendo la cruzada y creer —contra toda evidencia— que así puede resolverse el problema. Lo ministros que con tanta frecuencia hacen reuniones internacionales para abordar esta cuestión podrían incluir ya —como tendrán que hacer antes o después y aunque sea considerada con todas las debidas preocupaciones— la auténtica solución, es decir, la abolición del tabú. Y más ahora, que a todos los estragos anteriores se ha unido el sida como otra colateral amenaza de la irracionalidad vigente.
Desde la época de las grandes persecuciones de brujas y pogroms de judíos no se había visto semejante oleada de supersticiones, fulminaciones puritanas y medias verdades científicas como las que hoy circulan en torno a las llamadas drogas. El otro día, a un juez de cierta localidad andaluza se le sorprendió comprando cocaína para uso personal —lo cual no es actualmente delito, aunque sí el venderla, para mayor incoherencia y aumento de precios—, y de inmediato perdió su puesto profesional. La noticia de prensa recogió algunos comentarios de sus convecinos asombrados, pues se trata de una persona muy «tranquila y normal». Por lo visto hay quien se cree que los cocainómanos van habitualmente echando espuma por la boca y lanzando estridentes carcajadas demenciales. ¿Sabe esa gente que el 80 por 100 de los rostros que se ven en televisión, actores, presentadores, políticos, artistas, etc., sin excluir a prestigiosos financieros y dignos obispos, utilizan con mayor o menor frecuencia la cocaína, de acuerdo con lo que les permite sus recursos económicos? ¿Comunicárselo sería una disposición demasiado cruel o una obra de caridad política? ¿Saben ya los cruzados que galopan voluntariamente por las estepas de nuestro Estado clínico que no hay más Jerusalén liberada que la celeste y que el único santo sepulcro aún no vacío se halla en los sótanos de ciertos bancos suizos?
¡LEGALIZACIÓN YA! (creo que este sí tiene sentido) :)