No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas, lo cual vale más que tratar de llenarlas.
Me gusta leer como lee una portera: identificarme con el autor y con el libro. Cualquier otra actitud me hace pensar en un descuartizador de cadáveres.
El problema de la responsabilidad sólo tendría sentido si nos hubiesen consultado antes de nuestro nacimiento y hubiésemos aceptado ser precisamente ese que somos.
Existir es un estado tan inconcebible como su contrario, ¿qué digo?, más inconcebible aún.
Existir sería una empresa absolutamente impracticable si dejáramos de darle importancia a lo que no la tiene.
Antes en una alcantarilla que en un pedestal.
El progreso es la injusticia que cada generación comete con respecto a la que le precede.
Mi visión del futuro es tan precisa que, si tuviera hijos, los estrangularía en el acto.
-Usted está contra todo lo que se ha hecho desde la última guerra, me decía aquella señora muy al día.
-Se equivoca de fecha. estoy en contra de todo lo que se ha hecho desde Adán.
El tiempo vacío de la meditación es, en realidad, el único tiempo lleno. No deberíamos avergonzarnos nunca de acumular instantes vacíos. Vacíos en apariencia, llenos de hecho. Meditar es un ocio supremo cuyo secreto se ha perdido.
«No hay nada que hacer», respondía la nonagenaria a todo lo que yo le decía, a todo lo que vociferaba a sus oídos sobre el presente, el futuro, el cauce de los acontecimientos...
Con la esperanza de arrancarle alguna otra respuesta, continuaba yo con mis temores, mis agravios y mis quejas. Al no obtener de ella más que el sempiterno «no hay nada que hacer», terminé por hartarme y me fui irritado contra mí y contra ella. ¡Vaya idea la de abrirse a una imbécil!
Pero ya en la calle, cambio total. «La vieja tiene razón. ¿Cómo no me di cuenta de inmediato que su estribillo encerraba una verdad, la más importante sin duda, puesto que todo lo que sucede la proclama y todo en nosotros la rechaza?»
Todo esto lo dijo Cioran en Del Inconveniente de haber nacido. Cioran, ese apátrida, anti-profeta, nihilista feroz y melancólico (en un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar) un lúcido que no creía en nada, un escéptico que vivía por el placer de reirse de la vida.