El hombre que ha sido desterrado del refugio seguro de la infancia, quiere entrar en el mundo, pero, al mismo tiempo, le teme, y por eso crea con sus versos uno artificial, supletorio. Deja que sus poemas giren en torno a él, como las plantas lo hacen alrededor del sol; se convierte en el centro de un pequeño universo, en el que nada le es extraño, en el que se siente en su casa, como el niño dentro de la madre, pues todo está hecho de la misma materia que su alma. Allí es donde puede realizar todo eso que afuera es tan dificil; allí puede, como el estudiante Olker, ir con las masas proletarias a la revolución, y como el virginal Rimbaud, azotar a sus pequeñas amantes, pero esas masas y esas amantes no están hechas de la materia hostil de un mundo extraño, sino de la materia de sus propios sueños; son, por lo tanto, lo mismo que él y no interfieren la unidad del universo que ha construido para sí mismo.
Milan Kundera, La vida está en otra parte.
Las sombras son sinceras, pero no puede decirse lo mismo del sol, que se empeña en colorearlo todo con su felicidad estúpida. Ah, la noche, los ojos de la noche, las piernas de la noche, su respiración, su garganta profunda. Yo era el único habitante despierto del planeta. No hacía nada, pensaba, no sé en qué, tirado en la cama. El único despierto en esta ciudad por la que me arrastro y me consumo, con los bolsillos llenos de cenizas, incapaz de aprender a vivir sin esperanza. Fumaba mucho, demasiado, y trataba de desaparecer. Encerrado en mi habitación, escuchando las voces de mi cerebro, yo me inventaba vidas lejos de aquí, en otras dimensiones, tal vez, en lugares menos parecidos a un infierno gobernado por el tedio y el miedo a la libertad. Yo soñaba. A veces estaba enfadado con el mundo, sin saber por qué. Daba vueltas por la casa. Comía algo, encendía la televisión, la apagaba, me preparaba un café, me ponía nervioso, me tomaba una tila. No me apetecía nada. Quería desaparecer y punto. A tomar por culo. No quería saber nada del mundo ni de las personas, de las guerras de mierda, de los hipócritas lameculos. Una pandilla de subnormales, a eso se reducía la humanidad. Lo siento por este pesimismo de misántropo enloquecido, por esta pataleta infantil, estos ladridos de perro rencoroso, pero los silencioso asesinos de la ingenuidad ríen revolcándose en un manojo de sueños rotos. Hijos de puta, cabrones. Les oía, me decían que los poemas eran inútiles, que yo era inútil. No sabían lo bien que me lo pasaba escuchándolos, lo orgulloso que estaba de ser un inútil que rellena folios como quien huye del lobo feroz y pretende inventarse unas alas para regresar a Nunca Jamás, la isla que no existe.
Salí a la calle, exaltado, gritando soy un inútil, un vago que escribe para no enfrentarse al mundo. Mi ser se hinchaba, respiraba, el aire era un trampolín, las palabras podían ser cuchillos y también refugios, martillos y pañuelos de seda. Words, words, words... Estar desgarrado tal vez no significa estar desesperanzado. Yo era el único habitante despierto del planeta y una estrella en el cielo de la noche se desnudaba sólo para mí.