Oigo decir que dicen de Bukowski: Pues bien, el estilo de este escritor, inmerecidamente exaltado por los jóvenes, amenaza con intoxicar la literatura mundial con sus propuestas anodinas, triviales, e imperar con su mala influencia entre las nuevas promociones literarias. Peor para nosotros.
Imagino al viejo Chinaski retorciéndose de risa en su tumba. Gran victoria, enfadar a los críticos y entusiasmar a los que de verdad escriben. Que el genio hable:
Yo solía jugar a un juego conmigo mismo, un juego llamado isla desierta, y mientras estaba tirado en la cárcel, en la clase de arte o caminando hacia la ventanilla de diez dólares en las carreras, me preguntaba, Bukowski, si tú estuvieras en una isla desierta, tú solo, y nunca pudieras ser encontrado, excepto por pájaros y gusanos, ¿tomarías una vara y rascarías palabras sobre la arena? Yo tenía que decir no, y por un rato esto resolvía un montón de cosas, y me dejaba seguir adelante y hacer un montón de cosas que yo no quería hacer, y me alejaba de la máquina de escribir y me ponía en el pabellón de caridad del hospital municipal, la sangre corriendo fuera de mis oidos, de mi boca y de mi culo, y ellos ahí esperando a que yo muriese, pero nada pasaba. Y cuado salía me preguntaba otra vez, Bukowski, si estuviertas en una isla desierta y etc; y sabes, pienso que era que la sangre había abandonado mi cerebro, o algo, y yo decía, sí, sí, yo tomaría una vara y rascaría palabras sobre la arena.
S. y Bukowski
- Hey, Bukowski, ¿unas cervezas?
- Siempre, joder, vamos a por dos docenas.
Caminamos por las calles grises. Bukowski escupió al suelo. Fruncimos el ceño, poniendo cara de malo de película; de mafiosos, para ser exactos. Aquello no estaba tan mal. Escribir, beber. Inventar mundos, se trataba de eso; de sobrevivir, para ser exactos. Parecía que iba a empezar a llover, así que regresamos pronto a casa y abrimos una cerveza cada uno. Prendimos la tele. La apagamos. Pusimos música.
- Odio el rock, mierda, lo odio.
- Vale, Bukowski, ya lo quito.
- Si fueras una tía ya estaríamos jodiendo, dijo.
- Pues te jodes, soy algo hermafrodita a nivel mental, pero nada más.
- Hey, capullo, qué coño significa eso del hermafroditismo mental.
- No sé, un rollo andrógino.
- Pues a Hemingway y a mí nos nos va ese rollo.
- Ya, Hemingway era muy macho, y mira como acabó
- Que te follen, me traes a tu cuento para decirme esas gilipolleces.
- Vale, mierda, de qué quieres hablar.
- No quiero hablar, quiero beber; la gente no para de hablar ni un maldito segundo y no dice nada, nunca; todos imbéciles.
- Y qué es lo que hay que decir, Buk, ¿te puedo llamar Buk?
- No hay una puta mierda que decir.
- Mira, eres un Henry Miller analfabeto.
- Entonces por qué me traes a mí a tu cuento y no a Henry.
- No sé qué decirle a Henry.
- Te voy a decir una cosa, S., y no lo olvides, siempre que escribas habrá un eco cabrón detrás de tu nuca. No tengo nada más que decir.
- Ya, pero esto se llama conversaciones contigo, así que vas a conversar, quieras o no.
- Eres el tío más pesado que he conocido, S.
- Bueno, ¿cuál es el sentido de la vida? Descifrémoslo y acabemos de una vez.
- El sentido de la vida es... lo siento, voy a vomitar y ahora vuelvo.
- Te espero, Buk. –Buk fue a vomitar y ya está aquí otra vez.
- La vida no tiene sentido; ya dije que beber era mi respuesta a la nada.
- Pero habrá metas, algo que hacer, no sé, no crees en nada.
- Creo en la literatura y en la cerveza y en los coños.