He desplegado mi orfandad
sobre la mesa, como un mapa.
Dibujé el itinerario
hacia mi lugar al viento.
Los que llegan no me encuentran.
Los que espero no existen.
Y he bebido licores furiosos
para transmutar los rostros
en un ángel, en vasos vacíos.
Alejandra Pizarnik, Fiesta
Los árboles amanecieron despeinados y un viento cansado silbaba distraído. Un aroma de casa en ruinas impregnaba la colección de pasos perdidos. Hay caminos por inventar, se dijo, barcos que nos llevarán muy lejos, al otro lado. Hay relojes parados que aciertan la hora dos veces al día y playas soñadas más reales que las de verdad.
Las mañanas prometen comienzos, pero pocas veces los cumplen. Al final uno siempre está solo, aunque haya gente, y fabricar corazas no sirve de nada, porque todas las corazas son frágiles y se rompen en el mar, que es el morir.
Zooey abrió la ventana y saludó a los árboles, abrasados por un sol cabrón que no respeta nada. Se había levantado tarde, tras un sueño extraño, en el que corría por el laberinto y el Minotauro le perseguía. De cualquier modo, siempre olvidaba sus sueños a los cinco minutos de levantarse, mientras el colacao frío atravesaba su garganta como una cascada manchada de barro. Bostezó y prendió un cigarrillo, que fumó sin ganas, lentamente. Miró al mar, que siempre le había parecido un monstruo solitario, un animal de fábula que escondía algún tesoro, algún secreto capaz de justificar tanto absurdo existencial, tanta búsqueda inútil. El poema de la esperanza del naúfrago, que se escribe con letras de sal en el mar, todo eso, ya saben, el típico nihilismo y el típico deseo de trascendencia, de absoluto, de cualquier adolescente introvertido; de cualquier mirada perdida. El mar detenía de algún modo el tiempo y estaba hecho de lágrimas y de miradas de silencio. Zooey pensó que si agarraba el hilo de Ariadna sería capaz de entrar en el laberinto y matar al Minotauro. Luego prendió la tele y escupió a la pantalla, justo en la cara de Maria Teresa Campos. Que te follen, vieja de mierda, dijo. Estaba cabreado porque había dormido mal y porque a veces la realidad es tan aburrida y estúpida que sólo puedes escupirla a la cara.
Zooey se vistió lentamente, se lavó la cara y los dientes y las manos, pero el alma que no tenía seguía sucia, hundida en un charco de mierda. Hipócritas, lunáticos, enfermos, subnormales, a dónde coño vais si no sabeis quienes sois. Gritos mudos de la boca del rencor. Zooey era un bicho raro, un personaje sin propósitos en la vida, sin ideales, un caminante muerto. Los días pasan, el puñal del tiempo nos joderá a todos igual, pensó, con furia. Wendy ya no cose sombras a nadie y los inmaduros con terror a la responsabilidad, a la vejez asquerosa, lloramos y os escupimos a todos, cabrones, porque nos da la gana y porque queremos abandonarnos al viento, al azar caprichoso, para reivindicar la libertad salvaje que nos merecemos, para escupiros las mentiras mezcladas con los cerales del desayuno que nos hicisteis tragar, vuestro estado del bienestar; de la tiranía escondida, mejor dicho. Algún día caerá la máscara del fraude y la juventud rabiosa aniquilará vuestro sistema podrido. Zooey aplastó la colilla contra el cenicero y expulsó el humo con fuerza, tratando de que llegara a las nubes. Luego vio su cuerpo delgado en el espejo y le sacó la lengua a su reflejo.
Zooey caminó por la arena del mar, dibujando huellas, mecido por los vientos sin dirección. Había perdido el hilo de Ariadna y no podía regresar. La única salida era asesinar al Minotauro, que descubrió dentro de él, como una presencia oscura y viscosa que reía entre dientes; un eco que devolvía su voz huérfana de pájaros libres.
La última página se escribirá con silencio.
Posted by SeñorS at Julio 7, 2004 06:10 PM