El soñador triste y sus ojos de nieve derretida caminan en silencio. Su alma errante bucea en sus bolsillos rotos. Dice estoy hueco, me falta un corazón, ayer por la tarde escuché cómo crujían mis alas, un crujido sordo y triste; ya nunca podré volar. Me precipito al fondo de un mar nocturno, un mar que no refleja la luz eléctrica de tus ojos, un mar parecido al puñal que juega a pica con mi memoria.
El soñador triste camina sin rumbo, despeinado, fumando sin parar y piensa dónde estará la llave que abre el bosque. También piensa en las olas que desgastarán las rocas hasta que se transformen en diminutos granos de arena, y que el tiempo es un puñal transparente. Perdido, solo, borracho, pisando charcos y barro, desgastando sus botas para crear caminos porque, como dijo Dylan, quien no está naciendo está muriendo.
El soñador triste camina junto al mar y le grita a las olas: yo soy nave sin regreso, gasté mis dedos arañando rostros en el aire, ahora voy a llenarme los bolsillos de piedras y buscaré el tesoro en el fondo del mar.
Pero la luna no es de éter ni las estrellas son luciérnagas y la realidad es demasiado cierta para un soñador triste como el de éste cuento.