Estaba estudiando, pero me aburrí y me puse a escribir. Y he escrito esto:
La poesía no se hace con palabras, se hace con ojos rotos, deshechos en lluvias que riegan las aceras grises. Hay que gritar el alma, para que salga por la boca y se clave en algún corazón vacío que vaga sin sentido. Hay que gritar de tristeza, insultar a la belleza por no dejarse atrapar, y echarla de menos. Hay que mirar, sobre todo hay que mirar, porque las miradas son lápices de colores en un mundo en blanco y negro.
Fragmentos de mi ser de cenizas, pedazos de mi alma encharcada vuelan estrechando la mano al viento que nunca cesa. El tiempo tampoco se para nunca. Es como estar en una frágil barca que se dirige hacia la cascada final.
La vida es, como mucho, un paréntesis, un entretenimiento en el que se sufre y se goza y uno se puede emborrachar y escuchar algunas canciones buenas y dormir y despertar y maldecir al despertador. Algunos buscan y preguntan, desean solucionar el enigma. Nadie lo ha solucionado aún, por eso hay que seguir buscando. En fin, qué se le va a hacer. ¿Tienes fuego?
Tal vez en el porvenir hay un duendecillo capullo que juega con nosotros como si fuéramos marionetas. El muy cabrón se estará descojonando de risa.
Era una noche de verano y las estrellas sonreían. Nuestros pies desnudos sobre la hierba del jardín parecían peces perdidos en una selva misteriosa. Los dos estábamos solos, en silencio, y era algo así como bajarse de un tren o dejar de contener la respiración. Y yo me dije que hay que disfrutar del instante sin pensar en el futuro, agarrar al universo con las manos y dejar que se deslice como el viento de la noche.