Voy a poner una rosa sobre mi calavera.
Ya no será mas una calavera vulgar, gris,
ya no será una calavera de esas que andan por ahí bostezando
como la vida.
No, la mía será una calavera con una flor,
será poesía, belleza, sueños.
Pero no será mas una triste, abandonada,
calavera que mira el mundo sin ojos ni boca.
Será mis huesos y mi sangre y esparcirá pétalos
iluminados sobre toda la mierda que flota por las calles.
Será la noche que promete mares cálidos
y estrellas azules bajo una mirada cegada de ginebra azul.
Será más que la vida, pero no será la vida,
no bostezará jamás la rosa.
Será piernas morenas salvajes de mujeres
sin leyes ni rutinas en islas sin amaneceres.
Nadie nos despertará.
Poeta triste, nadie te despertará por fin,
sigue soñando tranquilo,
que a nadie se le ocurrirá subir la persiana
y hay más ginebra azul,
que es el color del mar, de las estrellas, de los sueños.
Mi calavera podrá tomar ginebra azul en una terraza siempre que quiera,
Y no volverá a amanecer Nunca Jamás
y las mujeres que están en mis sueños no se irán nunca,
porque no despertaré,
y el mar siempre se columpiará con los ángeles,
esos que vuelan en los acantilados de espuma,
bajo mi ventana.
Lo escribí hace ya tiempo. No sé si lo entiendo. ¿Escribe un muerto? ¿Por qué cree en el futuro el tipo que lo escribió? Podría pensarse que escenifica el sueño de un adolescente por destruir la realidad y refugiarse en el mundo de los ensueños. Vendí mi alma al diablo de los ensueños, que dijo la poetisa suicida Alejandra Pizarnik.